sábado, 19 de febrero de 2011

Atardeceres rojos - CAPÍTULO 1

Bienvenidos lektores y lektrizes del blog/basurero más dicharachero de la galaxia cutre/freaky.

Mademoiselle Fox se fue, dejando un vacío en este espacio virtual que me ha sido cedido. Dicen las lenguas del más allá que se casó con un doctor, el cual no ejercía precisamente la medicina y que juntos, se fueron al norte, muy al norte y más al norte; hasta dar la vuelta y llegar al polo Sur. La gran misión parejil que se traían entre manos, parecía ser el hallazgo de una criatura alienígena que se había cargado a los hombres de Kurt Russell en aquella “Cosa” de John Carpenter.

Yo sin embargo, hallábame en un piso a las afueras de una sucia ciudad, dedicándome a la vida contemplativa de los insectos en aquel extraño aire contaminado y lleno de polución.

Y como pasa con muchas cosas, aquella actividad se volvió cíclica: examinaba su vuelo al despertarme, de postre del almuerzo y al acostarme, para adecuar los buenos sueños – salvo mirar las bolas que hacía el escarabajo pelotero que tenía en un pequeño vivero, con el estiércol industrial que le ponía. Se llamaba Señor Mierda y, claro es, llamaba mi atención con más frecuencia por revolver tal boñiga artificial con esa naturalidad.

Entonces me llamó M. Fox para contarme la extraordinariez y maravillosidad de las magnitudes erótico-fantasiosas que había adquirido su vida en conocer a aquel doctor. Pidiome entonces en tono amable que me quedara con su blog:

-Nena, ¿tu estás loca? ¿Quieres que reviva un blog más que muerto?

-Si en mí ha renacido el amor, seguro que tú consigues que florezcan margaritas de neón en mi abandonadísimo cuaderno cibernético de aventuras acaecidas en Lleida.

-¿Lleida?

Al oír el nombre de aquella ciudad que ya casi parecía olvidada, entré en un momento de trance: volví a oler aquel pintalabios que usaba mamá en los noventa, a notar aquella niebla meona calando hasta los huesos, a flipar con los colores de los juegos Lego de construcciones, a degustar las rebanadas de pan tostado con queso Kiri, a recordar las tardes viendo dibujos animados en televisión…

-Lleida - afirmé – Me lo pensaré.

Y así me despedí, pensando que ahí acababa todo. Normalmente, en el sistema burocrático que rige este país, cuando hay silencio administrativo que dura más de 31 días, “hom” tiene que entender que hay una negativa como respuesta a la resolución del recurso presentado ante una denuncia, multa o cualquier expediente que se le haya interpuesto al que la recurre.

De esta manera no muy digna, a decir verdad, pensaba darle yo puerta al asunto.

Pero M. Fox, que como ya sabéis es una hijadeputa (no literalmente), me envió por paquete postal una planta la ostia de mona.

Ella sabía de mi afición y delirio por los hibiscos así que, de buenas a primeras, la puse al lado de la ventana para que le diera aquel insolente sol que pendía sobre los tejados de la ciudad.

Salí a comprar ganchitos y me entretuve mirando una araña en el portal de al lado del Lidl. Luego, me llamó la atención uno de aquellos modernos escaparates que no exponen lo que venden, sino un icono que marca la cultura que está de temporada.

Y cuando me di cuenta de que llevaba mucho rato meditando, me volví a mi casa pero cuando llegue….

Los ojos me brillaron de rabia al ver aquel dantesco espectáculo: la esperpéntica planta de regalo era en realidad una planta carnívora que devoraba a mis queridísimo insectos.

Primero uno a uno; pero a lo largo de los días, fue creciendo y creciendo, hasta que llegó ya a comérselos de cinco en cinco.

Yo, que había visto suficientes veces “La semilla del espacio” y “La pequeña tienda de los horrores” de Corman sabía que, si no quería acabar entre las fauces de aquella Audrey Jr. que se había hecho dueña de la habitación, debía permanecer alejada y abrazada al vivero dónde estaba el Señor Mierda.

Pasaba las noches en el sofá para no despertar a la planta hasta que un día se me ocurrió ahogarla en lejía. Total, no la usaba para lavar la ropa, pues de algo tenía que servir…

Pero aquel dulce olor a muerte quedó impregnado en las paredes de mi habitación, dejando un hedor a planta putrefacta que se tornó en paranoia mental a lo Lady Machbeth.

Ya no me sacaba de la cabeza el hecho de que había asesinado a una planta. Era como ser el protagonista de “El corazón delator”, solo que en lugar de enterrar a la planta bajo las baldosas (que tanto el vecino de abajo como el arrendatario se hubieran acordado de mis ancestros), la había tirado a la basura. Eso sí, antes había comprobado que estaba cadáver con un palito. Me convencí cuando vi revolotear una mosca sobre el cuerpo inerte y, ya casi marrón, de Audrey Jr.

Aunque iban pasando los días, aquel olor se había quedado pegado a mi nariz y no conseguía quitarme la culpa de encima. Para colmo, se debió correr la voz entre los insectos del barrio sobre mi tenencia de una planta de esas características, porque no volvió a aparecer ninguno en todo un mes.

No quería quedarme para comprobar si aquellos bichejos seguirían odiándome durante más tiempos así que, cogí mis pertenencias y aquella bolsa de ganchitos que no me había podido comer y, me dispuse a volver a Lleida.

Cogí el coche cargada de rocanrol y sed de kilómetros. Las líneas de la carretera se fundían unas con otras bajo las ruedas del Fiat Punto y el Señor Mierda hacía ruiditos en su cubículo, creyéndose un Carlos Moya, de copiloto.

Las guitarras eléctricas se derretían a frases con el rugido del motor y sonaban los Jefferson Airplane cuando a lo lejos avisté aquella puntiaguda torre de la Seu Vella. Y con esa visión, todos los males de Proust y el agridulce sabor de sus magdalenas.

Los recuerdos se agolparon en mi mente: los antiguos amores, las caminatas nocturnas, los vasos de vino, el instituto, los paseos en bicicleta… Y en la cúspide de la ciudad aquel rojo atardecer me daba la bienvenida a Lleida. Mi ciudad tiene unos atardeceres peculiares: pasan del azul al amarillo, al naranja y finalmente culminan de un rojo rosado. Son únicos. Reverenciales. Espectaculares.

Aquel festival visual coronado con la torre del campanario, me distrajo y me pasé la salida de la autopista que iba a llevarme a mi nuevo hogar. Allí me esperaba la Nicole con lo que, pese a llevar muchos meses sin vernos, teníamos una muy buena relación. Se había ofrecido para acogerme o buscarme un lugar en la ciudad.

Tuve que perderme por las afueras de Lleida para llegar a mi futura guarida (al menos, la que iba a serlo por el momento).