Los alrededores de la ciudad se dividen en partidas. Estas son pequeñas poblaciones dispersas a modo de mini-aldeas. Tenemos la partida de Montardit, dónde se halla Casa Aurelio; la partida de Torres de Sanui and many more. Yo fui a dar con mis glúteos a la partida de Rufea, que se extiende en dirección a Butsenit (una población ya consolidada como tal). A parte de estas localizaciones, en los extrarradios de la ciudad y los pueblos también hay urbanizaciones pijas de casitas adosadas, mansiones de ensueño y demás.
La que estaba destinada a ser mi aliada y compañera de narco-corridos, andanzas y juergas se hallaba al pie del camino de Rufea ávida de aventuras. Sólo me hizo falta un vistazo al salir del coche y (re)poner mi primer pie en Lleida: llevaba puesto el pijama y, atado a una correa, la acompañaba un perro enorme. Me invitó con el brazo a bajar por el camino en pendiente que daba al descampado de enfrente de su puerta.
Al salir del Fiat Punto, levanté la vista. Allí estaba: Villa Nicole.
Un casa de ladrillos pintada de blanco, con una fachada que se adorna en un porche cubierto de unas parras verdes de justicia primaveral.
La Nicole, que pese a tener un alto glamour calzaba unas Crocks horribles y cómodas, corrió a mi encuentro para ayudarme con el equipaje (o eso creía yo). Cuando llegó dónde yo estaba me dio un abrazo que duró minuto y medio (lo conté) mientras me decía, de una forma tan feliz que daba miedo “me alegro de que estés aquí”.
Después del saludo inicial recordé que el Señor Mierda debía estar en el asiento del copiloto medio asfixiado de calor. Le tiré algo de agua que me quedaba en una botella de Bezoya para mojarle la tierra y añadí de la que estaba en el suelo que iba a ser también su nuevo hogar.
-Le he encontrado un novio a la Señora Mierda – dijo la Nicole.
-En realidad es Señor Mierda – puntualicé.
-Oh vaya… pues nada: el Señor Rudo y el Señor Mierda buscarán novia juntos – aclaró mostrándome en la palma de su mano un bicho cochinilla de esos que se hacen bolita (tossinets, que se suele decir).
Me pareció que mi amiga no era consciente de que el gran tamaño que había adquirido el Señor Mierda en los últimos meses, aplastaría y mataría al pobre Señor Rudo. Así pues, le enseñé el enorme vivero. Mi escarabajo pelotero empujaba con su cuerno renoceróntico el cristal, cómo si quisiera salir.,
-No, no lo sueltes – me pidió al verlo – Está tan enorme que aún no sé si podremos ser amigos. Vamos adentro, te enseñaré la casa.
Si mi escarabajo era grande, lo mismo podía decir yo de su perro.
-¿Cómo le llamas? –pregunté mientras el can me lamía la mano que el Señor Mierda me dejaba libre.
-Kharma- constestó.
Más tarde comprobé que acabaríamos llamándole de todas la maneras excepto por su nombre. Pasa siempre: gordo, bonico, perrito, cariño, carita, orejas, peludo, etc.
Nicole iba delante. Abrió la puerta y empezó a indicarme: aquí a la izquierda tienes la cocina, totalmente equipada; a la derecha una salita de estar, chimenea inclusive; al lado está la despensa que hay que ir llenando; saliendo un baño y tras esa puerta del fondo, el otro, usa el que quieras. Tras esa otra puerta está el granero y el parking.
Seguimos avanzando al segundo piso mientras mi amiga, que parecía de una inmobiliaria, iba haciendo gestos de azafata por el camino: aquí están las habitaciones y el cuarto de planchar, la del fondo a la izquierda es la mía; he pensado que la tuya podría ser la contigua, a la derecha. Esta otra de aquí es la de invitados eventuales y… creo que ya está.
-Vaya, gracias por la ruta turística… Descubriendo Villa Nicole. Podríamos hacer un documental sobre…
-Anda, no seas tonta. Siempre dices de hacer cosas y luego nunca, nada. Entra en tu habitación, a ver si te gusta como la he dejado.
La habitación era mucho más grande de lo que hubiera podido llegar a imaginar: contaba con dos camas, un súper armario, una cajonera, dos mesitas de noche y un pequeño balconcito. Además, había tenido en cuenta que tanto el Señor Mierda como mi cutre-televisión siempre venían conmigo y había conseguido un mueble apropiado para esta última. Contaba también con un escritorio de estilo rústico francés de madera y una silla, algo anacrónica, de oficina que estaba situada justo frente a la puerta-ventana que iba a dar al balconzuelo.
Desde allí se veía una casa vecina, que también tenia un granero y, como desde Villa Nicole, se extendía un basto campo de perales. Más a lo lejos, un etcétera de casas salpicando un manto verde en la distancia.
-Nicole, yo…
-No, no me des las gracias. Puedes quedarte el tiempo que necesites.
Subí mis cosas a la que iba a ser mi nueva guarida y después fuimos a echar un vistazo a la única parte de la casa que aún no había visto. Mi amiga matizó que, después de descubrir el jardín secreto en La Mitjana (véase Summer Edition, años ha) y de que posteriormente este fuera destruido para construir un parque en su lugar, se había dado cuenta de su gran afición por plantar flores, plantas y verduras. Beside el huertito que tenía al lado de la casa, había también una barbacoa que parecía desusada.
Si pretendía quedarme a vivir en la Partida de Rufea, tendría que abstenerme de todas aquellas cosas que allí se podían hacer y dedicarme a algo lucrativo.
La primera noche en Villa Nicole fue extraña. Oí pasar el tren por una vía cercana y, por la mañana al salir el Sol, oí cantar a los pajarillos. El paraje se suponía tranquilo y silencioso pero mis oídos, acostumbrados al ruido que había en la ciudad que había dejado atrás, no conseguían concentrarse en dormir.
A la mañana siguiente desperté con la decisión de que debía cansarme durante el día para poder tirarme y descansar realmente a lo largo de la noche.
Así pues, salté de la cama dispuesta a encontrar algún trabajo.

1 comentarios:
love it!
Publicar un comentario en la entrada