(Para mis adentros) Volver por vacaciones… manda cojones
Hola amigos y amigas del Creepshow más loco de la galaxia!
He estado de retiro cadavérico por ahí. No me culpéis: el poco cerebro que tengo/tenía ha estado ocupado en otros quehaceres. Nunca descansa!
Aquí me tenéis, de vuelta… otra vez.
Esta es una historia que no empieza con aquel nostálgico “Había una vez…”. Realmente empieza con un vinilo de Chet Baker girando en el tocadiscos de mis padres.
Ellos estaban de vacaciones y yo, me encargaba de ser la señora de la casa en su ausencia.
Escuchar aquella pausada voz, sobre unos arpegios de piano que culminaban en un tenue solo de trompeta, me relaja. Cautiva de tal sensación, salté del susto cuando el teléfono móvil empezó a sonar.
“Bibien” pude leer. Era un apodo que le habíamos puesto la Nicole y yo a un chica tartamuda, porque cada vez que le preguntábamos por como estaba, contestaba “Bibien”.
Pese a que con los años había aprendido a disimularlo, aun me ponía muy nerviosa hablar con ella. ¡Y más por teléfono!
Dejé que el teléfono sonara y seguí en compañía de mi crooner favorito…
Encendí el primer canuto y abrí una lata de Sprite. Sí, sé que la mayoría de vosotros escucharíais al más perdido de los trompetistas, con una copa de whisky con hielo pero, que se le va a hacer, a mi me va el agua carbonatada.
Con todo bien dispuesto, me iba a dedicar a hojear unas revistejas sobre zine que tenía por casa… cuando volvió a sonar el puto móvil, esta vez, con un mensaje…
“BIBIEN – Tu hermana va tan pedo q no se tiene en pie… ¿No salís esta noche?”
Lo que me faltaba: que mis padres se fueran y a mi hermana le diera por dar problemas.
Miré el lado positivo: al menos la Bibien no tartamudeaba por Sms.
Sin pensarlo dos veces, llamé a mi queridísima hermana
-Silvia, ¿dónde estas?
-Hola hermanita… te quiero, tía- esto lo decía el ser más frío del universo.
-¿Qué donde estás, copón?
-Ei, no lo sé, a ver que pregunto – ruido de barullo – Eh, tu, sí… ¿qué sitio es este?
Se oyó de fondo una voz masculina profunda diciendo “El River”.
¡Qué cojones hacía mi hermana en El River, que esta a tomar por culo de casa! ¿Se había perdido?
-Nena ¿qué coño haces ahí?
-Pues no lo sé… - la tia llevaba una papa considerable.
-Vale, no te muevas. Ahora vengo a buscarte.
-¡Pero qué dices! Si la fiesta acaba de empezar…
No me hacía falta saber más. Me vestí con algo decente a toda prisa y…
Entonces llamó alguien al teléfono fijo:
-¿Si?
-Tia, tia, tia… hay “aventuras” en uno de los garajes de mi calle.
-Nicole… me pillas en mal momento.
-¿Por qué? ¿Estás teniendo sexo con alguien y yo no lo sé?
-No, no, solo que… tengo que colgar. Te llamo luego.
-Pero no seas perra, no me dejes con las…
Y colgué antes de que me atrapara en sus redes conversacionales y terminara explicándole mi vida, des de hace un año a esta parte. Como consecuencia, olvidaría mi cometido más inmediato que era el de salvar a mi hermana de ella misma.
Salí de casa a toda prisa y dirigí mis pasos hacía Els Camps Elisis, dónde se hallaba el maldito River.
Tenía que patearme toda la ciudad, ya que mi hermana estaba al otro lado del Segre en un antro para gente pija y bastante más mayor que ella.
Caminé a toda prisa y como había salido zumbando de casa, me había olvidado mi querido Mp3. Y así iba yo: cabreada, sin música y con ganas de ostiar al primero que me pasara por delante.
Esperando a que se pusiera verde un semáforo cercano a la pasarela de Los Campos (como llamamos coloquialmente al Parc dels Camps Elisis), no pude evitar escuchar discutir a una pareja.
-Preferiría que no cocinaras tu… siempre lo dejas todo hecho una mierda- se quejaba la mujer.
-Y yo preferiría que tus amiguitas no vinieran a estorbar los días que hay fútbol. Nuestro piso no es precisamente grande y si vienen mis amigos a ver el partido y tus amigas están por allí, no cabemos todos- respondía él muy diplomáticamente.
Y es que, sólo hay algo que me de más repelús que una pareja: una pareja peleándose.
Como había olvidado mi Mp3 en casa, no me quedaba otra que canturrear: we go down to the river and into the river we dive…
Es magnifico el arte que tengo para asociar canciones con lugares. Básicamente por que, si paso por encima del río Segre, me acuerdo de The River de Springsteen. Una lógica aplastante, vamos. Tiradme flores! (sin maceta, por favor).
Cuando metí mi primer pie en el parque, en dirección al local dónde estaba mi hermana borracha, pensé un buen discursito que darle.
Al pisar la arena con el otro pie, lo vi distinto. Yo no era quién para decirle a Silvia lo que tenía que hacer, así como tampoco podía juzgar sus actos, pues aun estaba aprendiendo de la vida.
Concluí en que lo mejor era dejarlo fluir.
Me colé dentro del River por una de las ventanas de la terraza. Cómo quien no quiere la cosa, cotejé el territorio: nadie conocido por aquí, nadie conocido por allí…
Busqué a mi hermana con la mirada periscópica que mi pequeña estatura me permitía.
Corbatas, camisas, falditas, vestiditos de verano, copas de cocktail, cigarrillos, sandalias caras… Y allí, al final de la barra, estaba Silvia. Bebía algo mezclado con Coca-cola, por lo que pude ver mientras me aproximaba.
Ella no me había visto, ya que hablaba con una presencia masculina tras la cual me veía ocultada.
-¿Y a que te dedicas, Silvia? Déjame adivinar: a dar la brasa a la gente que te soporta ¿me equivoco?
Cuando oí aquella bordería, no pude hacer otra cosa que apartarlo y espetarle en la cara:
-¿Cómo se te ocurre hablarle así a la señorita? Pídele perdón, grosero.
-¿Y tu quien eres? ¿Su mamá?
Cogí la copa de mi hermana, la olí. Era whisky barato, probablemente JB. Sin pensarlo un segundo más, se lo tiré a la cara a aquel cretino.
Se hizo el silencio alrededor pero, antes de que nadie pudiera recriminarme nada, salí como una señora con mi hermana a rastras de la mano.
No paramos de caminar hasta llegar a la estatua de Indivil i Mandoni.
-Mira Laura, son como nosotros, pero en iberos.
-Que yo recuerde no eran hermanos… -ya no podía aguantar más-. ¿Qué coño hacías en El River?
-Algún día te lo contaré…- a veces se pone tan misteriosa que se le olvida que yo soy la mayor.
Como buen perro viejo, me callé y no insistí a preguntas. La llevé a casa, la metí en la ducha con agua fría, le sequé el pelo, le hice un sándwich caliente de cena (eran las 3.00 AM) y la acosté en el sofá junto a mi, con una manta.
Al cabo de un rato, ya habíamos caído las dos rendidas en el super sofá del salón.
Al día siguiente, fueron nuestros padres quien nos despertaron, eso sí, por teléfono. Tras constatar que nos encontrábamos sanas y salvas y, después de repetir una y cien veces que tuviéramos cuidado de las plantas, alimentáramos a la cotorra y sacáramos al Ked’s; volvió a reinar la tranquilidad en el piso.
Saqué a mi perro temprano y luego, me fui a comprar algo de comer, para cocinar al mediodía. Cuando volví a casa, Silvia seguía durmiendo.
Entonces, me llamó la Nicole. El día anterior, me había olvidado completamente de ella.
-Ei Nikki. ¿Qué pasó?- saludé con acento mexicano.
-Tía, sospecho cosas extrañas. Ayer por la noche, cuando te llamé, estaba fumándome un cigarro a escondidas de mí misma en la terraza, cuando vi parar aquí dos furgonetas y un montón de tíos tapadísimos hasta las cejas, escondiéndose también de ellos mismos como yo, empezaron a descargar cajas y cajas y a meterlas dentro de un parquing de esta calle, que creía que estaba abandonado.
-¿Fue rápida la operación?- dije para darle trascendencia.
-Sí, super rápido. En un plis plas, habían terminado. Pero todo muy raro, ¿no crees?
-Seguro que son profesionales.
-¿Profesionales en qué sentido?
-Pues que seguro que son mozos de carga y descarga, tía. Yo no me preocuparía demasiado.
-¿Es que no te parece interesante lo que te cuento?
La Nicole se indigna fácilmente. Se hizo el silencio.
-Oye, que extraño que no hayas querido acaparar la conversación en ningún momento… - intentó interrogarme.
-¡Yo no hago eso!- me quejé.
-Constantemente, cariño…
-Bueno, ¿y qué? Ahora no tengo nada que contar.
-¿Seguro?- quiso curiosear mi amiga.
-Segurísimo. Mira, ayer me llamó la Bibien- dije para explicarle alguna novedad.
-¿Por qué? ¿Y eso? ¿Le cogiste el teléfono?
-No.
-Ya me extrañaba… Oye bueno ¿te pasas luego por aquí?
-Sí, cuando termine de cuidarle la resaka a Silvia.
Nos despedimos, sabiendo que aquel “luego”, se iba a convertir en un “por la noche”.
Me pasé el día leyendo, tocando el piano, escuchando música y blablabla. Mi hermana no quiso contarme lo que le había pasado la noche anterior, pero supongo que es normal: esta en la edad.
Después de cenar y sacar al perro en último turno, me fui a casa de la Nicole, dejando a mi hermana encargada de controlar que la casa no se viniera abajo. Le di un par de pelis para que estuviera entretenida y no le diera por beber (por ejemplo, entre otras cosas) aunque a mí, me daba que se iba a quedar durmiéndola.
Ahora sí, con mi Mp3 en marcha, me dirigí a casa de mi amiguísima Nicole.
Cuando me adentré en su calle, vi un coche de la pasma, cosa que no era muy extraña, ya que mi compañera tenía su nido al lado del Bronx ilerdense. Toqué entonces, con deseo, la bolsita de hierba que guardaba siempre en mi bolsillo trasero del pantalón.
El dichoso cochecito se solía pasear por la vía pero, aquella vez, tuvo que ir a pararse enfrente del portal de mi amiga.
Me escondí en un portal delante y le hice una perdida a la Nicole mientras miraba que pasaba por el lugar, desde la oscuridad.
Me sentí un poco Humphrey Bogart y, a falta de una gabardina y sombrero en pleno verano, encendí un porrako que era lo único identificativos… Puse cara de misterio.
-Niña ¿qué haces fumándote un porro ahí abajo?- gritó la Nicole desde su terraza-. Sube y compártelo.
-Ssshhhttt- dije todo lo fuerte que me pude permitir.
Señalé al coche de la policía que estaba allí apeado. Mi amiga se tapó la boca como para contener las palabras que ya había dicho. Pero no la culpéis, todos hacemos cosas así de absurdas constantemente… ¿o no?
Le hice un gesto a la Nicole para que bajara y ella levanto el dedo pulgar cual Cesar dejando vivir a un gladiador. Supuse que era un “vale”.
Mientras esperaba a mi socia, seguí observando el coche.
En un momento dado, los agentes salieron del vehículo y se colocaron delante de la puerta de aquel garaje, aparentemente y tal como había dicho Nikky, abandonado.
Uno de ellos se puse a susurrarle a un aparatejo que, de lejos, me pareció un walky-talky, pero que mi miopía no alcanzaba a ver muy claro.
Entonces, el que no hablaba por el supuesto walky se metió en el coche, en el asiento del piloto y se fue. El otro, seguía hablando cuando bajó la Nicole y se puso a mi lado.
-¿Qué hacen?
-De momento, cosas de memos…
-Aquí debe de haber pasado algo gordo
El poli se quedó en la acera, mirando a un lado y al otro, inspeccionando un poco la calle. Por suerte, no nos vio, ya que nos ocultamos muy bien en la sombras del portal de delante de casa de mi amiga.
De repente, se sacó una llave del bolsillo de la camisa del uniforme de verano de los polis y, abrió el candado que sellaba la puerta.
Tras este gesto, volvió a mirar a un lado y al otro de la calle y se metió dentro, cerrando la puerta.
-Tía, que no ha cerrado con llave- le aclaré a la Nicole tras escuchar unos segundos en el silencio de la calle.
Que viera mejor por el ojo del culo que por los de la cara, no significaba que no oyera bien…
-¿Entramos?- propuso alegremente la Nikky
-Colega… ¿qué te has tomado?
-Mmmhh, es un secretito…
-Puta- le espeté cuando supe de que se trataba-. Y luego te quejas de que no comparta los porros…
La miré bien a los ojos y confirmé mi sospecha. Mi amiga iba colocada, pero de otra cosa distinta de la que yo había tomado.
Como si le hubiera dado un aire, me cogió de la mano y me arrastró hasta la puerta del garaje. Ya nos encontrábamos allí, así que la curiosidad ya era invencible y mi amiga, que me conocía como se conocen los amigos, supo que en aquellas circunstancias no iba a echarme atrás.
Empujé la puerta despacito, sin hacer ruido. Para llevar años abandonado, las bisagras de la puerta iban más que finas.
El lugar estaba oscuro, ni siquiera una luz de emergencia.
Me coloqué el móvil bajo la camiseta, que era oscura, y con aquella luz tenue como la voz de Chet Baker, intenté ver algo.
Cajas y cajas se amontaban a un lado y a otro.
Entonces oímos unos pasos. Alguien se acercaba y nos escondimos entre las cajas y cajas de…
Hola amigos y amigas del Creepshow más loco de la galaxia!
He estado de retiro cadavérico por ahí. No me culpéis: el poco cerebro que tengo/tenía ha estado ocupado en otros quehaceres. Nunca descansa!
Aquí me tenéis, de vuelta… otra vez.
Esta es una historia que no empieza con aquel nostálgico “Había una vez…”. Realmente empieza con un vinilo de Chet Baker girando en el tocadiscos de mis padres.
Ellos estaban de vacaciones y yo, me encargaba de ser la señora de la casa en su ausencia.
Escuchar aquella pausada voz, sobre unos arpegios de piano que culminaban en un tenue solo de trompeta, me relaja. Cautiva de tal sensación, salté del susto cuando el teléfono móvil empezó a sonar.
“Bibien” pude leer. Era un apodo que le habíamos puesto la Nicole y yo a un chica tartamuda, porque cada vez que le preguntábamos por como estaba, contestaba “Bibien”.
Pese a que con los años había aprendido a disimularlo, aun me ponía muy nerviosa hablar con ella. ¡Y más por teléfono!
Dejé que el teléfono sonara y seguí en compañía de mi crooner favorito…
Encendí el primer canuto y abrí una lata de Sprite. Sí, sé que la mayoría de vosotros escucharíais al más perdido de los trompetistas, con una copa de whisky con hielo pero, que se le va a hacer, a mi me va el agua carbonatada.
Con todo bien dispuesto, me iba a dedicar a hojear unas revistejas sobre zine que tenía por casa… cuando volvió a sonar el puto móvil, esta vez, con un mensaje…
“BIBIEN – Tu hermana va tan pedo q no se tiene en pie… ¿No salís esta noche?”
Lo que me faltaba: que mis padres se fueran y a mi hermana le diera por dar problemas.
Miré el lado positivo: al menos la Bibien no tartamudeaba por Sms.
Sin pensarlo dos veces, llamé a mi queridísima hermana
-Silvia, ¿dónde estas?
-Hola hermanita… te quiero, tía- esto lo decía el ser más frío del universo.
-¿Qué donde estás, copón?
-Ei, no lo sé, a ver que pregunto – ruido de barullo – Eh, tu, sí… ¿qué sitio es este?
Se oyó de fondo una voz masculina profunda diciendo “El River”.
¡Qué cojones hacía mi hermana en El River, que esta a tomar por culo de casa! ¿Se había perdido?
-Nena ¿qué coño haces ahí?
-Pues no lo sé… - la tia llevaba una papa considerable.
-Vale, no te muevas. Ahora vengo a buscarte.
-¡Pero qué dices! Si la fiesta acaba de empezar…
No me hacía falta saber más. Me vestí con algo decente a toda prisa y…
Entonces llamó alguien al teléfono fijo:
-¿Si?
-Tia, tia, tia… hay “aventuras” en uno de los garajes de mi calle.
-Nicole… me pillas en mal momento.
-¿Por qué? ¿Estás teniendo sexo con alguien y yo no lo sé?
-No, no, solo que… tengo que colgar. Te llamo luego.
-Pero no seas perra, no me dejes con las…
Y colgué antes de que me atrapara en sus redes conversacionales y terminara explicándole mi vida, des de hace un año a esta parte. Como consecuencia, olvidaría mi cometido más inmediato que era el de salvar a mi hermana de ella misma.
Salí de casa a toda prisa y dirigí mis pasos hacía Els Camps Elisis, dónde se hallaba el maldito River.
Tenía que patearme toda la ciudad, ya que mi hermana estaba al otro lado del Segre en un antro para gente pija y bastante más mayor que ella.
Caminé a toda prisa y como había salido zumbando de casa, me había olvidado mi querido Mp3. Y así iba yo: cabreada, sin música y con ganas de ostiar al primero que me pasara por delante.
Esperando a que se pusiera verde un semáforo cercano a la pasarela de Los Campos (como llamamos coloquialmente al Parc dels Camps Elisis), no pude evitar escuchar discutir a una pareja.
-Preferiría que no cocinaras tu… siempre lo dejas todo hecho una mierda- se quejaba la mujer.
-Y yo preferiría que tus amiguitas no vinieran a estorbar los días que hay fútbol. Nuestro piso no es precisamente grande y si vienen mis amigos a ver el partido y tus amigas están por allí, no cabemos todos- respondía él muy diplomáticamente.
Y es que, sólo hay algo que me de más repelús que una pareja: una pareja peleándose.
Como había olvidado mi Mp3 en casa, no me quedaba otra que canturrear: we go down to the river and into the river we dive…
Es magnifico el arte que tengo para asociar canciones con lugares. Básicamente por que, si paso por encima del río Segre, me acuerdo de The River de Springsteen. Una lógica aplastante, vamos. Tiradme flores! (sin maceta, por favor).
Cuando metí mi primer pie en el parque, en dirección al local dónde estaba mi hermana borracha, pensé un buen discursito que darle.
Al pisar la arena con el otro pie, lo vi distinto. Yo no era quién para decirle a Silvia lo que tenía que hacer, así como tampoco podía juzgar sus actos, pues aun estaba aprendiendo de la vida.
Concluí en que lo mejor era dejarlo fluir.
Me colé dentro del River por una de las ventanas de la terraza. Cómo quien no quiere la cosa, cotejé el territorio: nadie conocido por aquí, nadie conocido por allí…
Busqué a mi hermana con la mirada periscópica que mi pequeña estatura me permitía.
Corbatas, camisas, falditas, vestiditos de verano, copas de cocktail, cigarrillos, sandalias caras… Y allí, al final de la barra, estaba Silvia. Bebía algo mezclado con Coca-cola, por lo que pude ver mientras me aproximaba.
Ella no me había visto, ya que hablaba con una presencia masculina tras la cual me veía ocultada.
-¿Y a que te dedicas, Silvia? Déjame adivinar: a dar la brasa a la gente que te soporta ¿me equivoco?
Cuando oí aquella bordería, no pude hacer otra cosa que apartarlo y espetarle en la cara:
-¿Cómo se te ocurre hablarle así a la señorita? Pídele perdón, grosero.
-¿Y tu quien eres? ¿Su mamá?
Cogí la copa de mi hermana, la olí. Era whisky barato, probablemente JB. Sin pensarlo un segundo más, se lo tiré a la cara a aquel cretino.
Se hizo el silencio alrededor pero, antes de que nadie pudiera recriminarme nada, salí como una señora con mi hermana a rastras de la mano.
No paramos de caminar hasta llegar a la estatua de Indivil i Mandoni.
-Mira Laura, son como nosotros, pero en iberos.
-Que yo recuerde no eran hermanos… -ya no podía aguantar más-. ¿Qué coño hacías en El River?
-Algún día te lo contaré…- a veces se pone tan misteriosa que se le olvida que yo soy la mayor.
Como buen perro viejo, me callé y no insistí a preguntas. La llevé a casa, la metí en la ducha con agua fría, le sequé el pelo, le hice un sándwich caliente de cena (eran las 3.00 AM) y la acosté en el sofá junto a mi, con una manta.
Al cabo de un rato, ya habíamos caído las dos rendidas en el super sofá del salón.
Al día siguiente, fueron nuestros padres quien nos despertaron, eso sí, por teléfono. Tras constatar que nos encontrábamos sanas y salvas y, después de repetir una y cien veces que tuviéramos cuidado de las plantas, alimentáramos a la cotorra y sacáramos al Ked’s; volvió a reinar la tranquilidad en el piso.
Saqué a mi perro temprano y luego, me fui a comprar algo de comer, para cocinar al mediodía. Cuando volví a casa, Silvia seguía durmiendo.
Entonces, me llamó la Nicole. El día anterior, me había olvidado completamente de ella.
-Ei Nikki. ¿Qué pasó?- saludé con acento mexicano.
-Tía, sospecho cosas extrañas. Ayer por la noche, cuando te llamé, estaba fumándome un cigarro a escondidas de mí misma en la terraza, cuando vi parar aquí dos furgonetas y un montón de tíos tapadísimos hasta las cejas, escondiéndose también de ellos mismos como yo, empezaron a descargar cajas y cajas y a meterlas dentro de un parquing de esta calle, que creía que estaba abandonado.
-¿Fue rápida la operación?- dije para darle trascendencia.
-Sí, super rápido. En un plis plas, habían terminado. Pero todo muy raro, ¿no crees?
-Seguro que son profesionales.
-¿Profesionales en qué sentido?
-Pues que seguro que son mozos de carga y descarga, tía. Yo no me preocuparía demasiado.
-¿Es que no te parece interesante lo que te cuento?
La Nicole se indigna fácilmente. Se hizo el silencio.
-Oye, que extraño que no hayas querido acaparar la conversación en ningún momento… - intentó interrogarme.
-¡Yo no hago eso!- me quejé.
-Constantemente, cariño…
-Bueno, ¿y qué? Ahora no tengo nada que contar.
-¿Seguro?- quiso curiosear mi amiga.
-Segurísimo. Mira, ayer me llamó la Bibien- dije para explicarle alguna novedad.
-¿Por qué? ¿Y eso? ¿Le cogiste el teléfono?
-No.
-Ya me extrañaba… Oye bueno ¿te pasas luego por aquí?
-Sí, cuando termine de cuidarle la resaka a Silvia.
Nos despedimos, sabiendo que aquel “luego”, se iba a convertir en un “por la noche”.
Me pasé el día leyendo, tocando el piano, escuchando música y blablabla. Mi hermana no quiso contarme lo que le había pasado la noche anterior, pero supongo que es normal: esta en la edad.
Después de cenar y sacar al perro en último turno, me fui a casa de la Nicole, dejando a mi hermana encargada de controlar que la casa no se viniera abajo. Le di un par de pelis para que estuviera entretenida y no le diera por beber (por ejemplo, entre otras cosas) aunque a mí, me daba que se iba a quedar durmiéndola.
Ahora sí, con mi Mp3 en marcha, me dirigí a casa de mi amiguísima Nicole.
Cuando me adentré en su calle, vi un coche de la pasma, cosa que no era muy extraña, ya que mi compañera tenía su nido al lado del Bronx ilerdense. Toqué entonces, con deseo, la bolsita de hierba que guardaba siempre en mi bolsillo trasero del pantalón.
El dichoso cochecito se solía pasear por la vía pero, aquella vez, tuvo que ir a pararse enfrente del portal de mi amiga.
Me escondí en un portal delante y le hice una perdida a la Nicole mientras miraba que pasaba por el lugar, desde la oscuridad.
Me sentí un poco Humphrey Bogart y, a falta de una gabardina y sombrero en pleno verano, encendí un porrako que era lo único identificativos… Puse cara de misterio.
-Niña ¿qué haces fumándote un porro ahí abajo?- gritó la Nicole desde su terraza-. Sube y compártelo.
-Ssshhhttt- dije todo lo fuerte que me pude permitir.
Señalé al coche de la policía que estaba allí apeado. Mi amiga se tapó la boca como para contener las palabras que ya había dicho. Pero no la culpéis, todos hacemos cosas así de absurdas constantemente… ¿o no?
Le hice un gesto a la Nicole para que bajara y ella levanto el dedo pulgar cual Cesar dejando vivir a un gladiador. Supuse que era un “vale”.
Mientras esperaba a mi socia, seguí observando el coche.
En un momento dado, los agentes salieron del vehículo y se colocaron delante de la puerta de aquel garaje, aparentemente y tal como había dicho Nikky, abandonado.
Uno de ellos se puse a susurrarle a un aparatejo que, de lejos, me pareció un walky-talky, pero que mi miopía no alcanzaba a ver muy claro.
Entonces, el que no hablaba por el supuesto walky se metió en el coche, en el asiento del piloto y se fue. El otro, seguía hablando cuando bajó la Nicole y se puso a mi lado.
-¿Qué hacen?
-De momento, cosas de memos…
-Aquí debe de haber pasado algo gordo
El poli se quedó en la acera, mirando a un lado y al otro, inspeccionando un poco la calle. Por suerte, no nos vio, ya que nos ocultamos muy bien en la sombras del portal de delante de casa de mi amiga.
De repente, se sacó una llave del bolsillo de la camisa del uniforme de verano de los polis y, abrió el candado que sellaba la puerta.
Tras este gesto, volvió a mirar a un lado y al otro de la calle y se metió dentro, cerrando la puerta.
-Tía, que no ha cerrado con llave- le aclaré a la Nicole tras escuchar unos segundos en el silencio de la calle.
Que viera mejor por el ojo del culo que por los de la cara, no significaba que no oyera bien…
-¿Entramos?- propuso alegremente la Nikky
-Colega… ¿qué te has tomado?
-Mmmhh, es un secretito…
-Puta- le espeté cuando supe de que se trataba-. Y luego te quejas de que no comparta los porros…
La miré bien a los ojos y confirmé mi sospecha. Mi amiga iba colocada, pero de otra cosa distinta de la que yo había tomado.
Como si le hubiera dado un aire, me cogió de la mano y me arrastró hasta la puerta del garaje. Ya nos encontrábamos allí, así que la curiosidad ya era invencible y mi amiga, que me conocía como se conocen los amigos, supo que en aquellas circunstancias no iba a echarme atrás.
Empujé la puerta despacito, sin hacer ruido. Para llevar años abandonado, las bisagras de la puerta iban más que finas.
El lugar estaba oscuro, ni siquiera una luz de emergencia.
Me coloqué el móvil bajo la camiseta, que era oscura, y con aquella luz tenue como la voz de Chet Baker, intenté ver algo.
Cajas y cajas se amontaban a un lado y a otro.
Entonces oímos unos pasos. Alguien se acercaba y nos escondimos entre las cajas y cajas de…

