sábado, 5 de marzo de 2011

Atardeceres rojos - CAPÍTULO 3

Primeramente, fui a la copistería e hice mogollón de fotocopias de mi curriculum. Luego me dediqué a repartirlos paseando mi persona por toda la ciudad, buscando sitios en los que me satisficiera trabajar. Como el lugar se me quedaba pequeño cogí el coche y me perdí por los alrededores sin fijarme siquiera en si tenía gasolina.

El viaje de regreso a Lleida se había bebido prácticamente todo el depósito y quise ir a repostar. Creía recordar dónde se hallaba la gasolinera del Bon Area, pero cuando quise darme cuenta de que no era así, ya estaba perdida por las inmediaciones.

Carteles de pueblos que empezaban por Al: Els Alamús, Albatarrec, Almacelles, Almenar, Almatret, Alpicat… Fui dejando curriculums en videoclubs, cines e incluso cafeterias varias. Nada salió.

Pensé en apoyarme en viejos conocidos. Visité librerías, tiendas de discos y demás. Le pedí a la Nicole que me ayudara a buscar.

-Tranquila, encontraremos algo- respondió para darme esperanzas.

Los días pasaban largos y tediosos, sin más que hacer que vivir y respirar (cosa que no tiene nada de malo si la temporada de letargo es corta).

Releí a los más nobles y visité la Biblioteca Pública de Lleida tres veces por semana. Los libros nunca se terminaban, ni las películas, ni los cómics… Pero como siempre he buscado algo más de ese montón de páginas escritas a sangre y fuego, un domingo me decidí a pasarme por la Rambla Ferran para hacer algunas compras de material con alto contenido vital.

Puesto tras puesto, chatarra y objetos viejos de mucho interés. Seguí caminando en dirección a la estación de trenes hasta que a mi izquierda oí una voz familiar.

-Va, se lo dejo por tres euros. Es casi un regalo- finalizaba el regateo.

-¿Jose María?- interrogué apuntando con el dedo al poseedor de la voz.

-Perdona jovencita. ¿Nos conocemos?

-Yo le conozco…

-Claro, soy famoso- respondió tan chulesco como siempre.

-Barataria…

-Efectivamente- sentenció- La cosa es que tú también me suenas…

-¿No me reconoces? Soy Laura, la hija de Jose Luis…

-¿La pequeña o la mayor?

-La mayor… Laura.

-¡Caray, cómo has cambiado!

Le tendí la mano para un apretón y me la besó. Me sentí vieja, casi de época, un decrepito dinosaurio en aquella ciudad gris.

Le conté que buscaba trabajo, pues ya había trabajado para él en ocasiones anteriores. Él me ofreció libros y la posibilidad de tomar algo cuando quitara su puesto, hacía las dos del mediodía. Enseguida pillé la indirecta y prometí pasarme por allí a esa hora.

Mientras hacia tiempo, paseé por la ciudad, subiendo por la calle Salmerón y más arriba, hasta llegar a la Plaza Ricard Vinyes, ahora tan cambiada y enrarecida como se podía. Todo traía recuerdos casi imaginados pues Lleida sufría cambios, pero muy a largo plazo. Y te das cuenta que el tiempo pasa, pero mucho más despacio. Dentro de un tiempo, hasta la Botiga del Barça se habría convertido en un bazar chino.

Volví a caminar sobre mis pasos hacia la una y media. Cada vez se veía menos gente por la calle que, seguramente, huían a sus madrigueras hechas pisos a comer su alpiste adornado con patatas, ensaladas o algún que otro aliño de los domingos.

José María recogía los libros del puesto: viejas ediciones de clásicos, pedacitos de colecciones de novelas de escasa calidad literaria, fascículos de boletines, alguna revista de hacía tres décadas…

-Ayúdame a recoger- me pidió.

Fui colocando el material en varias cajas. Luego él lo cargó en la furgoneta que tenía allí aparcada y la cerró dirigiéndose al bar de enfrente.

A José María lo caracterizaban un andar patizambo y una forma de hablar algo peculiar: quería aparentar intelectual, arrastrando las palabras lentamente bajo su bigote y blasfemando sólo entre dientes y cigarrillo en boca. Era como un viejo hombre de mar, sólo que en lugar de navegar en barco, soñaba sobre olas de vino.

Se pidió un cortado y se apeó en la barra. Por aquel entonces, aún se podía fumar en los bares y encendió su eterno Ducados negro. Yo me pedí un zumo de melocotón.

-Sé de algo que podría interesarte- empezó yendo al grano.

Se hizo un silencio. Supongo que estuvo esperando a que le preguntara de qué se trataba.

-Bien, se trata de un hombre, de estos de dinero. Acaba de heredar un libro, un facsímil de un título que puede que te suene…

-Sigue- le pedí a notar que volvía a quedarse pegado a sus pensamientos de librero viejo y loco.

-Yo ya sabes que no tengo ni idea de libros, pero tengo mucho contactos que podría hacer este trabajo si no lo quieres…

-Si no me explicas de que va, no podré decidir si acepto lo acepto o no.

-Se trata de tasar un ejemplar facsímil del Beatus de Liébana de la Seu d’Urgell.

Sopesé la oportunidad. Conocía a la perfección el Beatus de la Seu pues había podido disfrutar de estudiarlo a la perfección y, fácilmente podría tasarlo, pues estaba al corriente del precio de esa clase de material. Por otro lado, no podía concebir el hecho de que alguien quisiera saber el valor económico de dicho objeto tan bello, tan deseable, del que su sola contemplación ya producía placer a los sentidos. Pero, como dicen en el mundo del espectáculo: “it’s monkey business”.

Acabé aceptando el trabajo, pues la suma prometida era alta. Pero puse una condición: no conocer al poseedor del libro que, seguramente desearía tasarlo para poder-lo vender. El trato era encontrarme, el miércoles, en unas oficinas con un señor muy cordial que llevaría el libro bajo todas las medidas de seguridad posible. Yo iría allí con todo mi material en catálogos, lupas, pañuelos y demás. Me cedería una habitación en las oficinas durante el tiempo que necesitara para el trabajo. Luego saldría de allí dejando un sobre con todos los apuntes de la tasa para que un notario lo hiciera factible.

Cobraría al salir del edificio.

La oportunidad era buena y sólo me llevaría, como mucho, un par de tardes.

Llegué a Villa Nicole sobre la hora de comer. Husmeé el aire al abrir la puerta, que desprendía un grato olor a cosas ricas. Un hombre estaba cocinando en la casa y le vi cuando abrí la puerta de la cocina.

-Hola saludé

-Hola- me respondieron dos voces al unísono.

Miré al hombre con extrañeza. Nicole hizo los honores:

-Laurique, él es Bob; mi novio. También vive aquí cuando no está trabajando.

La idea era genial. Tener a un hombre manitas, grande y fornido para proteger a las doncellas en apuros como éramos nosotras.

Les di la noticia de mi nuevo trabajo. Mi amiga puso una cara extraña y aclaró:

-Yo también te he conseguido un trabajo.

-Bueno, tranquila, esto solo me durará un par de tardes.

-Vale, pues entonces tenemos que encontrarnos con una amiga mía de infancia el viernes en una fiesta de máscaras.

-¿Una fiesta de máscaras? ¿De qué?

-Alguien rico, no lo sé. Pero, si solucionamos tu tema del trabajo, nos nace otro problema.

-¿Cuál? ¿Qué no tenemos invitación, por ejemplo?

-Bueno, eso ya llegará. Primero necesitamos unos disfraces de época para el viernes.

Nos pasamos toda la semana confeccionándonos unos trajes de Roxanna y Cyrano. Bob había quedado con un amigo y pasaba de ese tipo de eventos, así que iríamos sólo nosotras dos.

El miércoles fui a las oficinas dónde me habían citado. Allí me esperaban dos señores, ataviados con unos trajes muy elegantes; uno más alto y más grande que tenía el libro enfrente y, otro más enclenque en el que no me fijé mucho, ya que estaba en segundo plano.

Entre en una habitación-cubículo y pasé allí cinco horas. Volvería al día siguiente para terminar el informe.

Volví el jueves a la misma hora, pensando ya más en los preparativos del disfraz que en aquel trabajo que tenía entre manos. Allí me esperaba, esta vez, sólo el señor fornido. Acabé el informe, salí de la habitación, bajé el edificio por el ascensor y cobré en un mostrador que había en el hall.

El viernes por la mañana le puse finalmente las gomas a mi máscara de nariz puntiaguda.

viernes, 25 de febrero de 2011

Atardeceres rojos - CAPÍTULO 2

Los alrededores de la ciudad se dividen en partidas. Estas son pequeñas poblaciones dispersas a modo de mini-aldeas. Tenemos la partida de Montardit, dónde se halla Casa Aurelio; la partida de Torres de Sanui and many more. Yo fui a dar con mis glúteos a la partida de Rufea, que se extiende en dirección a Butsenit (una población ya consolidada como tal). A parte de estas localizaciones, en los extrarradios de la ciudad y los pueblos también hay urbanizaciones pijas de casitas adosadas, mansiones de ensueño y demás.

La que estaba destinada a ser mi aliada y compañera de narco-corridos, andanzas y juergas se hallaba al pie del camino de Rufea ávida de aventuras. Sólo me hizo falta un vistazo al salir del coche y (re)poner mi primer pie en Lleida: llevaba puesto el pijama y, atado a una correa, la acompañaba un perro enorme. Me invitó con el brazo a bajar por el camino en pendiente que daba al descampado de enfrente de su puerta.

Al salir del Fiat Punto, levanté la vista. Allí estaba: Villa Nicole.

Un casa de ladrillos pintada de blanco, con una fachada que se adorna en un porche cubierto de unas parras verdes de justicia primaveral.

La Nicole, que pese a tener un alto glamour calzaba unas Crocks horribles y cómodas, corrió a mi encuentro para ayudarme con el equipaje (o eso creía yo). Cuando llegó dónde yo estaba me dio un abrazo que duró minuto y medio (lo conté) mientras me decía, de una forma tan feliz que daba miedo “me alegro de que estés aquí”.

Después del saludo inicial recordé que el Señor Mierda debía estar en el asiento del copiloto medio asfixiado de calor. Le tiré algo de agua que me quedaba en una botella de Bezoya para mojarle la tierra y añadí de la que estaba en el suelo que iba a ser también su nuevo hogar.

-Le he encontrado un novio a la Señora Mierda – dijo la Nicole.

-En realidad es Señor Mierda – puntualicé.

-Oh vaya… pues nada: el Señor Rudo y el Señor Mierda buscarán novia juntos – aclaró mostrándome en la palma de su mano un bicho cochinilla de esos que se hacen bolita (tossinets, que se suele decir).

Me pareció que mi amiga no era consciente de que el gran tamaño que había adquirido el Señor Mierda en los últimos meses, aplastaría y mataría al pobre Señor Rudo. Así pues, le enseñé el enorme vivero. Mi escarabajo pelotero empujaba con su cuerno renoceróntico el cristal, cómo si quisiera salir.,

-No, no lo sueltes – me pidió al verlo – Está tan enorme que aún no sé si podremos ser amigos. Vamos adentro, te enseñaré la casa.

Si mi escarabajo era grande, lo mismo podía decir yo de su perro.

-¿Cómo le llamas? –pregunté mientras el can me lamía la mano que el Señor Mierda me dejaba libre.

-Kharma- constestó.

Más tarde comprobé que acabaríamos llamándole de todas la maneras excepto por su nombre. Pasa siempre: gordo, bonico, perrito, cariño, carita, orejas, peludo, etc.

Nicole iba delante. Abrió la puerta y empezó a indicarme: aquí a la izquierda tienes la cocina, totalmente equipada; a la derecha una salita de estar, chimenea inclusive; al lado está la despensa que hay que ir llenando; saliendo un baño y tras esa puerta del fondo, el otro, usa el que quieras. Tras esa otra puerta está el granero y el parking.

Seguimos avanzando al segundo piso mientras mi amiga, que parecía de una inmobiliaria, iba haciendo gestos de azafata por el camino: aquí están las habitaciones y el cuarto de planchar, la del fondo a la izquierda es la mía; he pensado que la tuya podría ser la contigua, a la derecha. Esta otra de aquí es la de invitados eventuales y… creo que ya está.

-Vaya, gracias por la ruta turística… Descubriendo Villa Nicole. Podríamos hacer un documental sobre…

-Anda, no seas tonta. Siempre dices de hacer cosas y luego nunca, nada. Entra en tu habitación, a ver si te gusta como la he dejado.

La habitación era mucho más grande de lo que hubiera podido llegar a imaginar: contaba con dos camas, un súper armario, una cajonera, dos mesitas de noche y un pequeño balconcito. Además, había tenido en cuenta que tanto el Señor Mierda como mi cutre-televisión siempre venían conmigo y había conseguido un mueble apropiado para esta última. Contaba también con un escritorio de estilo rústico francés de madera y una silla, algo anacrónica, de oficina que estaba situada justo frente a la puerta-ventana que iba a dar al balconzuelo.

Desde allí se veía una casa vecina, que también tenia un granero y, como desde Villa Nicole, se extendía un basto campo de perales. Más a lo lejos, un etcétera de casas salpicando un manto verde en la distancia.

-Nicole, yo…

-No, no me des las gracias. Puedes quedarte el tiempo que necesites.

Subí mis cosas a la que iba a ser mi nueva guarida y después fuimos a echar un vistazo a la única parte de la casa que aún no había visto. Mi amiga matizó que, después de descubrir el jardín secreto en La Mitjana (véase Summer Edition, años ha) y de que posteriormente este fuera destruido para construir un parque en su lugar, se había dado cuenta de su gran afición por plantar flores, plantas y verduras. Beside el huertito que tenía al lado de la casa, había también una barbacoa que parecía desusada.

Si pretendía quedarme a vivir en la Partida de Rufea, tendría que abstenerme de todas aquellas cosas que allí se podían hacer y dedicarme a algo lucrativo.

La primera noche en Villa Nicole fue extraña. Oí pasar el tren por una vía cercana y, por la mañana al salir el Sol, oí cantar a los pajarillos. El paraje se suponía tranquilo y silencioso pero mis oídos, acostumbrados al ruido que había en la ciudad que había dejado atrás, no conseguían concentrarse en dormir.

A la mañana siguiente desperté con la decisión de que debía cansarme durante el día para poder tirarme y descansar realmente a lo largo de la noche.

Así pues, salté de la cama dispuesta a encontrar algún trabajo.