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lunes, 3 de marzo de 2008

CAPÍTULO 12 de la 1ª temporada

Cuando llegué a mi portal, Brunny ya estaba allí. Llevaba un pasamontañas negros que le cubría toda la cara y que supuse que se lo había puesto para no mostrar la urticaria.
-¿Tienes súper-poderes o qué?
Brunny se encogió de brazos. Palpé mis bolsillos.
-Mierda, no llevo llaves – no podía subir a casa, of course. Al ponerme la ropa de vestir me las había dejado en mi chaqueta habitual.
-Mhmf, mumfh, mmmffhhhfm – dijo Brunny.
-¿No puedes hablar? Destápate un poco Kenny, que no te oigo una mierda.
Brunny se quitó el pasamontañas de la boca y dijo:
-Da igual, no tienes que subir, vamos a casa de Juanma.
Tenía razón, no tenía porque subir a mi casa. Dirigimos nuestros pasos a Los Bloques. Yo tenía una motivación por ir a casa de Juanma, que era la de entender el porqué de mis alucinaciones, pero a Brunny también la embargaba una motivación especial, aunque no sabía entender porqué.
Al llegar a la zona, vimos el grafiti que estaba cerca del portal de Juanma y que nos servía como indicativo para llegar a nuestro destino.
Algún graciosillo había pintado un pito goteando sobre el grafiti y Brunny se puso a reír bajo su pasamontañas.
La puerta del bloque de Juanma estaba abierta. Aún así, piqué al timbre del interfono. No hubo respuesta. Recordaba que el interfono se oía poco, pero se oía. Tal vez se hubiera estropeado del todo en un par de días.
Al cabo de un rato de espera nos decidimos a subir.
AL llegar al cuarto piso me vi muerta de cansancio. Brunny en cambio, parecía tener muchas ganas de volver a ver a la abuela Eutanasia.
Fue ella quién pico al timbre. AL otro lado de la puerta, alguien miraba por la mirilla. Pudimos oírlo. Brunny volvió a picar. Otra vez el ruido de la mirilla que daba un muy mal rollito.
-¿Eustaquia? ¿Esta usted ahí?
La puerta se abrió tras los interrogantes y la pregunta quedó contestada: la abuela Eustaquia sí estaba allí. Y en un camisón terrorífico!!
-Perdone señora Eustaquia, ¿la hemos molestado? –dije mirándome el reloj. Solo eran las once menos cuarto de un domingo por la mañana, no habíamos pensado en que podían estar durmiendo.
-No majas, pasad, pasad…- nos invitó a entrar siniestramente - ¿Qué queréis venderme: aparatos de hidromasaje para pies, un colchón, un lote, una pata de jamón serrano, cosméticos?- sentenció cerrando la puerta tras nosotras.
Brunny me miró con cara de extrañada y con los ojos (que era lo único visible que tenía con el pasamontañas), me empujaba a hablar con la con la abuela Eutanasia.
-Veníamos a ver a Juanma – le dije mientras ella pasaba delante por el pasillo. Aproveché que nos daba la espalda para indicarle gestualmente a mi amiga que se quitara el pasamontañas. Ella negó con la cabeza.
-Juanma no esta- Sale de fiesta los sábados y luego va a comer churros o desayunar con sus amigos, ya sabéis, esta juventud que nunca se cansa… - se excusó mirando a Brunny que llevaba una pinta de ladrona o tía chunga de lo más out.
-¿Cuándo podremos encontrarle?- ya tenía ganas de huir de allí.
-Pues vendrá dentro de un rato supongo. Pero sentaos muchachas, sentaos- dijo quitando los cojines cutres del sofá con ese tonillo siniestro que tanto me inquietaba.
Tiré de la manga de Brunny pero no pude evitar que se sentara. No me quedó más remedio que seguirle el juego. Entonces tomó la iniciativa y se quitó el pasamontañas.
La señora Eutanasia se asustó de su visión con un solo ojo.
-Ai bonita, yo tengo una solución para eso.
-¿De verdad? – Brunny no cabía en si de gozo e incluso se le iluminó la cara.
-Esperadme aquí- y diciendo esto se perdió en la oscuridad del pasillo. La oímos trastear por armarios y tras unos “aquí no” y “aquí tampoco”, volvió al comedor con un tarrito de paté, rellenado con una pasta verdosa que parecía potito de verduras selectas.
-Mira, tienes que ponerte esto durante una semana, por la mañana y a media tarde. Ah, y eso sí, que te dé el aire lo menos posible durante esa semana.
Brunny asintió y le agradeció a la abuela el remedio. Yo no estaba muy convencida de aquel potaje, pero si mi amiga estaba decidida a seguir el consejo de Eutanasia, yo no podía impedirlo.
-Bueno Eustaquia, dígale a su nieto que Foxy ha estado aquí, y que me llame cuando llegue.
-Foxy sí, ven, acércate.
A mí la abuela Eutanasia seguía dándome un miedo terrible y, me hice una imagen mental de mi acercamiento hacía ella, seguido de una mordedura mortal por parte de su dentadura postiza.
Al ver que no me acercaba, la megaputaza de Brunny me dio un empujoncito con el hombro.
-Muy pronto encontraras el amor…
Y se quedó callada.
-Perdone señora, creo que se equivoca. Ese presagio era para ella no para mí – dije señalando a mi amiga.
Los ojos de Brunny se habían iluminado y volvían a ser la única parte visible de su cara, ya que había vuelto a ponerse el pasamontañas.
Eutanasia seguía sin responder
-Señora ¿se ha quedado en trance?
-No tía, se ha quedado dormida – dijo Brunny decepcionada – No la molestemos más. Deja un Post-It para Juanma en su habitación y dejemos descansar a la pobre mujer.
La opción me pareció sensata y, mientras oía roncar a Eutanasia, mi amiga cogió el tarrito y yo redacté una notita para Juan que ponía “Tenemos que hablar. Es sobre el costo. Foxy”.
Salimos del piso sin hacer ruido y, al llegar al portal, Brunny me dijo que se iba a casa a aplicarse la loción y a seguir con el consejo de la abuela de Juanma.
Con esa situación, no me quedaba otra que irme a mi casa y ver si había vuelto mi madre y si estaba sana y salva. Al fin y al cabo, la había dejado en la iglesia con el Padre Cavan y un centenar y medio de zombies.

domingo, 17 de febrero de 2008

CAPÍTULO 10 de la 1ª temporada

Después de mi flipada sobre la marihuana y de andar media hora a ciegas buscando alguien que quisiera hacer una ensalada de hierba y costo, me rendí y volví al bar a buscar a Brunny.
Me la encontré allí donde la había dejado.
-¿Quieres seguir hablando con él?- le pregunté refiriéndome a Nok y sin que él nos oyera
-No, creo que por hoy ya está bien
-Oye, me lo tienes que contar todo ¿eh?- le seguí diciendo flojito y me dirigí al chico- Oye, Nok, lo siento, pero me la voy a llevar ¿vale?
-Vale, os veo otro día- nos dijo
Entonces vi que Brunny le daba al señor psicobilly de la perilla, un papelito a escondidas de mí.
Nada más salir del bar, me dispuse a interrogarla de manera apabullante, pero la tía me paró los pies haciendo un gesto de sellarse la boca con una cremallera. ¡Mi colega había estado ligando y no me lo contaba! Me dispuse a no rendirme hasta saber algo, aunque solo fuera un dato de nada. Saqué la piedra de costo y me puse a quemarla…
-No vas a comprarme con eso, Foxy- se percató
Yo pensé para mis adentros “¿Ah, no? Ya lo veremos putaza”, pero le respondí con el gesto de subir los hombros en plan “Pues vale”.
-Pero si podrías comprarme con una birra en cualquier otro lugar- sentenció
Fuimos entonces al Loch Ness, que es un pub musical que hay en la zona de Los Vinos Nuevos de Lleida, en el Carrer Sans i Ribes, bajando del Carrer Sant Martí.
Yo pedí un Martini con limonada y ella una birra y sentamos nuestros culos en una esquina del pub mientras la gente bailaba allí como en una lata de sardinas.
-Bueno, me lo cuentas o tengo que esperar mucho más…- me impacienté porque me estaba entrando la morriña de la fumada
-Pues la verdad que solo he estado haciéndome la interesante porque no llevo demasiado dinero…- bebió entonces un poco de la birra que me había cobrado mientras yo le echaba una mirada con cierto reproche. Luego, en plan disculpas, siguió – bueno, algo te cuento igual, tía, tranqui… Hemos estado hablando de tontadas todo el rato.
-¿Cómo de tontadas?
-Pues eso, tía, tontadas. Es que ha sido una conversación de lo más inocente, ni siquiera sé si ha notado que estaba intentando ligar: me ha contado cosas de conciertos, del ambiente de siniestrillos, cosas raras que le han pasado, historias del Iker y del Más Allá… Y yo le iba respondiendo con chorradas también, yo que sé, anécdotas que se me ocurrían con lo que me contaba… Vamos, ha sido como un intercambio de historias para no dormir… Solo que, claro, no he podido enterarme de casi nada de él… Al menos le he apuntado mi número de móvil, no me atrevo a llamarle yo. Si quiere algo, está bien así.
A veces mi amiga podía ser ese tipo de persona: “si me llama y quedamos, puta madre, si no, me haré la dura”. En el fondo se moría de ganas de que Nok la llamara, pero no me lo iba a decir ni a mí (además, ella ya sabía que yo lo sabía).
Después de tomarnos sendas bebidas, salimos del pub y fuimos a la Plaza Ricard Vinyes a hacernos el último porro del día. Estábamos allí, sentadas frente a La Festa… Habíamos estado allí hacía apenas dos días y parecía que había pasado una eternidad. Ya casi me había olvidado por completo del asunto de la pancarta, e incluso me había acostumbrado a la cara de Brunny con su Corpse Paint.
Mientras le daba las primeras caladas al canutillo, me puse a pensar en lo largo que había sido el día. Ese 15 de Febrero del 2003 no parecía que tuviera que llegar nunca a su fin. Entonces se nos acercó una figura misteriosa. Saqué el mechero para ofrecérselo, porque obviamente o quería fuego o pedía limosna o quería saber que hora era.
-Tatarará, tararatatatata…- empezó a cantar – Veo aquí a dos señoritas algo aburridas de la noche…
-No intente llevarnos al huerto señor, somos dos inocentes muchachitas…- digo Brunny socarrona.
Yo que iba un poco fumada, me quedé observando la situación como si estuviera dentro de una película. Pese a no distinguirle lo más mínimo en la oscuridad, me pareció que aquel hombre me era conocido o, como mínimo, me sonaba. Según se nos fue acercando pudimos vislumbrar quien era: Leslie Nielsen.
Sí, no creáis que era alguien con el mote de Leslie Nielsen o que se le pareciera. No, era el Leslie Nielsen auténtico, pero no era la primera vez que le veíamos en nuestras fumadas.
-¡Hombre Leslie! ¿Cómo lo llevas?- le saludé extendiéndole la mano para una apretón- ¿No ha venido hoy contigo Ben Stiller?
Brunny me miró como extrañada, pues ella había empezado a entablar una conversación con él pero no iba lo suficiente morada como para visualizarlo. Así pues, le dio unas cuantas caladas de las suyas al porro…
-Hey Leslie, que no te veía…. ¿Qué nos traes hoy?
-Libros mujercitas, libros…- digo sacándolos y extendiéndolos a mi lado en el banco donde estábamos sentadas. Extendió un montón de libros y me tendió uno para que le echara un vistazo.
- Luces en el parque… ¿De qué va? – pregunté intrigada.
-No lo sé, me lo dio un tipo que pasa a veces por aquí
-¿Me lo puedo llevar?
-Sí, te lo cambio por un beso en la mejilla
Entonces levante mi culo y le di un besito a Leslie Nielsen, que me dio de regalo: un VHS grabable que contenía la película de Re-Poseída [ver vídeo]. Le di las gracias. Brunny prefirió no coger nada aquella noche porque no le apetecía llevar nada en las manos.
De camino a mi casa me encontré al Ramón Borrás, el profesor de plástica del instituto. Era un hombre pequeñito, una mezcla entre Danny DeVito y Carlos Lasarte (el médico loco de Los Sin Nombre de Jaume Balagueró), un poquito más moreno que este último. El tío vestía un chándal rosa fucsia horrible y pareció no verme. Le seguí con la mirada por Paseig de Ronda y me pareció que se dirigía corriendo lo que sus cortas piernas le permitían, al Restaurante Chino Palacio Oriente que hay en la Calle Vallcalent. ¿Qué iría a hacer allí? De lejos pude observar que mucha más gente se acercaba hacía el mismo lugar.
Mi primera reacción fue la de acercarme yo también, pero la fumada y el cansancio no me lo permitían. Además, solo tenía ganas de llegar a mi casa, acostarme en mi cama y empezar a leer el librito que el señor Nielsen me había dado.
Cuando llegué, abrí la puerta con sumo cuidado, para que nadie se despertara. Mi casa olía a pino desde hacía una semana. Había estado buscando el aparatito del ambientador para cambiarlo por el de lavanda, que es un olor que me gusta mucho más, pero no había dado con el paradero del dichoso ambientador y, además, ya me estaba empezando a acostumbrar.
Entré en mi habitación, me puse el pijama y me metí en la cama con el libro entre mis manos. Abrazada a mi osito Pepo, me puse a leer ávidamente, pero no duró mucho la lectura, ya que me quedé sopa a la tercera línea.

domingo, 10 de febrero de 2008

CAPÍTULO 9 de la 1ª temproada

-Bueno, pues que se le va a hacer, que le den, la habrán recogido los servicios de limpieza de La Paeria- estaba harta de misterios y cosas raras- ¿Te parece si nos olvidamos de los incidentes de hoy y nos vamos a hacer un par de Sangres de Heavy al Trivial?
-Foxy, llevo la cara pintada como si de un Corpse Paint se tratara… no me pidas que me olvide los incidentes de hoy-se indignó
-Vale, pues no lo olvides, pero vamos a pasarlo bien- y diciendo eso, fuimos subiendo hasta la Plaza Cervantes para adentrarnos en el Casco Antiguo de Lleida.
La noche transcurrió tranquila. Al llegar al Trivial pudimos ver que había algunos siniestrillos con las caras pintadas. Así pues, Brunny no tendría que preocuparse por como llevaba el jeto, pues nadie la miraría de manera más extraña que a aquellos que estaban sentados en una de las mesas del piso de abajo.
Pese a conocer a más de la mitad de la gente que concurría el ambiente, no saludamos a nadie. Fuimos directamente a la barra sorteando a la gente que estaba motivadísima jugando al futbolín mientras otros miraban. Cuando por fin llegamos a nuestro destino (la barra del bar, of course), Brunny le pegó un pequeño codazo a alguien para hacerse sitio y pedir.
-Hombre, otra vez vosotras…- nos dijo Nok mientras se giraba
-Perdón… -se disculpó Brunny con más timidez de la que podía albergar
-Mola tu Corpse Paint…- la animó el chico al verla un poco avergonzada
-Y bien… ¿Qué haces aquí?- me pusé en plan Mata Hari
-Pues estaba esperando a una persona…
-Ah, bien, pues te dejamos esperando Nok- corté por lo sano- Era Nok ¿no?
Afirmó con la cabeza y aproveché que se había girado hacía nosotras para meterme en un huequito que quedaba libre y pedir:
-Ei, dos Sangres de Heavy por aquí
Cuando por fin me las sirvieron (que tardaron lo suyo porque el antro estaba repleto), subimos a la parte de arriba del Trivial. La parte superior del bar, forma como una terracita desde la que podíamos tener controlada a la multitud y ese era mi modo de indagar sobre las amistades y relaciones personales de la gente del lugar. Podías ver como aquella pareja se morreaba en un rincón sin perder de vista al otro de las rastas o al heavy que se pasaba la noche cantando en el último taburete de la barra.
Cogimos uno de los mejores sitios y nos apalancamos para sorber el líquido que colmaba nuestras jarras. No saqué la piedra de costo, pero empecé a pedirle papel a Brunny del que había gorroneado esa tarde en la manifestación. La llamé varias veces e incluso le pasé la mano por delante de la cara, pero la tia parecía absorta en algo.
Imaginé que estaría mirando a alguien o divagando mentalmente sobre alguna cosa poco trascendente que para ella tenía mucho significado. Seguí bebiendo de mi jarra y dejé pasar un rato.
Al poco abrió la boca como para decir algo. Yo ya me olía una declaración de sentimientos por su parte pero, la muy perra, no soltó ni una sola palabra sobre lo que estaba pensando. Se quedó, sin más, mirando al infinito y me dijo:
-Hazte un porro ¿no?
Saqué el material de mis bolsillos y me dispuse a liarme un canutillo. En la zona de Los Vinos de Lleida, se puede fumar porros en casi todos los garitos. Bueno, al menos, antes se podía. Quemé el costo, hice una boquilla con el extremo de un cigarro y saqué el resto de tabaco del cilindro nicotinado. Le pedí a Brunny otra vez, que sacara uno de los papeles para liar. Terminé de aliñar el acto prensándolo bien todo y lo encendí. Recordé el sabor de la marihuana, mucho mejor que el del costo, pero que no podía conseguirse con la misma facilidad. Eché de menos las bolsas de hierba que acostumbraba a tener antes de reserva en el cajón de mi escritorio. Le pasé el porro a amiga, que después de darle unos cuantos tiros, me lo devolvió.
Entonces, pareció henchirse de valor, desabrochó un poco la cremallera de su chaqueta y terminó su jarra. Después de esto, se levanto de la mesa bajo mi mirada perpleja, me dijo “ahora vuelvo” y se marchó.
Al principio creí que habría ido a mear, ya que se había terminado la Sangre de Heavy en prácticamente cuatro sorbos, pero a la que llevaba un cuarto de hora esperándola, me asomé por el balconcito que me mostraba la flora y la fauna del Trivial. La divisé entonces sentada en el taburete que había contiguo al de Nok y les vi hablando. Pensé que tal vez el porro la hubiera ayudado a nutrirse del valor necesario como para entrarle a aquel chico que, obviamente, le gustaba.
El plan era entonces dejar disfrutar a Brunny de su nuevo amigo mientras yo recordaba el sabor de la marihuana teniendo en el bolsillo una piedra de costo. Era inútil quedarse allí sentada mirando al personal: había terminado mi jarra y me moría por una calada de hierba. Con estas conclusiones, no pude hacer otra cosa que levantarme y salir del Trivial diciéndole a mi amiga, que si me necesitaba, que me llamara.
Al salir a la calle, noté el viento en mi cara y como una heroína de cuento, me alisté en las cruzadas por la búsqueda de la Santa Hierba.

domingo, 16 de diciembre de 2007

CAPÍTULO 1 de la 1ª temporada

Cuando nos habíamos alejado lo suficiente de La Festa, tomamos rumbo a Mordor, digo a “Los Bloques”. Todo el mundo iba a pillar a “Los Bloques”, que vendría a ser para los madrileños Tirso de Molina y para los barceloneses La Mina. Pero que os voy a contar, todo el mundo tiene un barrio chungo en su ciudad donde ir a pillar.
Íbamos caminando y, como me despisté un poco, me adelante una calle a la calle que realmente era. Al cruzar la esquina, pizpiretas máximas, haciendo comentarios sobre chorradas, le vi de lejos…
Se me debió turbar la expresión de la cara, porque Brunny me cogió del brazo y me preguntó si estaba bien. Me quedé sin habla. Por la misma acera por la que circulábamos nosotras, alguien venia en dirección contraria. Yo no le conocía, pero le había visto en aquella misma calle montones de veces. Un poco aturdida, reaccionando como pude, le dije a mi querida amiga si podíamos cambiar de acera. Creo que no entendió nada, porque se le encendió en la frente un cartel de neón con forma de interrogante, aunque me dijo “vale” y seguimos caminando.
-No mires a nuestra derecha, no mires a nuestra derecha- le susurré a Brunny.
-¿Qué pasa, tía? ¿Has visto un nido de libélulas?- ella sabe bien que las libélulas me dan un asco horrible.
Puedo soportar ver videos de coprofagia, revolcarme en barro, chupar un pie, pero no puedo con las libélulas y ese sonido horripilante que tiene su aleteo. Dan repelús extremo, baby. No te dejes engañar por su brillo, porque de pequeña me contaron que si estaban azules, es que estaban hambrientas y que si estaban rojas, significaba que acaban de chuparle toda la sangre a un bebé recién nacido.
-¡Puagh, tía! No me digas esas cosas. No ahora y aquí…- empecé a ponerme nerviosa- y no mires a nuestra derecha-.
Pasamos el Carrer Segriá a toda pastilla, hasta llegar al cruce con Paseo de Ronda.
-¿Vas a contarme esa reacción?- me interrogó Brunny.
-Vale tía, a ver. No me persigue nadie aunque mi comportamiento parezca paranoico. No. He pagado todas mis deudas, no he tratado con camellos desconocidos ni nada de eso. No te preocupes; no es mi salud mental tampoco. Mira, me calmo y te cuento…
Cruzamos Paseo de Ronda y nos sentamos en un banco. Ya estaba sosegada. Le expliqué a Brunny que en el Carrer Segriá había una academia de inglés, dónde debía estudiar aquel ente con el que nos habíamos cruzado. Era un chico, de mirada un poco extraña. Siempre vestía de negro, incluso creía haberle visto con alguna camiseta del Yugulator de Judas Priest. Pero no era su forma de vestir, ni su mirada. No era nada en especial, pero aquél chico siempre me perturbaba, me daba muchísimo respeto y su gesto, casi siempre asqueado, no ayudaba mucho a cogerle simpatía. Llevaba siempre un Walkman con el que, supongo, escuchaba música.
No había hablado nunca con él, pero como buena aspirante a Mata Hari, había oído cosas sobre ese chico, que le hacían si cabía, aún más misterioso. Se llamaba Ivan, y a pesar de ser muy amigo de sus amigos, no tenía fama de simpático.
También le había visto alguna que otra vez en la Biblioteca Pública de Lleida, pero cada vez que nos encontrábamos, a mi me recorría el pavor y sentía ganas de huir. Era como si viera a través de mí, como si supiera lo que pensaba, como si palpara mi respeto hacía él, como si de un juez se tratara.
Cuando terminé de explicarle todo esto a Brunny, decidimos ir a pillar, para relajarme de tanta sensación extra-sensitiva: primero Houdini y luego el chico de gafas que me quitaba el aliento. Porque sí, hay que decirlo, aparte el chico no estaba nada mal. Era morenito castaño, sin nada de especial, con gafitas de culo de vaso y montura XL, el pelo largo, y acababa de adornar su cara con una sonrisa que yo descubriría más adelante.
Pero ese no es el caso.
Mi queridísima acólita y yo, nos disponíamos a hacernos con un motín de costo que nos duraría un par de semanas o tres y siguiendo el camino de baldosas grises como las que hay en mi ciudad, llegamos hasta “Los Bloques”.
Cómo nunca recordaba en que piso de todos era, saqué mi agenda de la mochila del colegio que aún llevábamos encima. Miré la dirección y fuimos hacia donde indicaba, eso sí, después de hacernos un lio de mirar bloques y bloques con números, sin número, con números cambiados, etc.
Al llegar al edificio que yo creía que era, pues recordaba el grafiti de la pared de alguna otra vez, picamos y Juanma nos contestó por el interfono.
-Ei Juanma, soy Foxy. ¿Podemos subir?- dije gritando como para que me oyera desde su piso, pues yo creía que no me oía.
Eso lo he pensado muchas veces: ¿porqué cuando alguien no oye a un lado del teléfono lo que el otro dice, le grita por el móvil “¡¡¡¡No te oigoooo!!!!” como si el que no oyera fuera el otro?
Gañanadas aparte, es una reacción absurda que se convierte en enigma universal.
Pues Juanma, que es un chico encantador, nos abrió por el interfono.
Cualquiera que haya estado alguna vez en los bloques Juan Carlos de Lleida, sabrá que no tienen ascensor, ninguno, y que las escaleritas son más bien estrechas con las barandillas de hierro pintadas de granate. El caso es que nuestro camello vivía en el jodido 4º Piso. Que alegría, que alboroto, que ilusión me hizo recordar cada escalón (es ironía y además rima).
-¿Subo contigo?- me preguntó Brunny muy amablemente al ver las escaleras.
-Claro que subes conmigo, perra. De esta no nos libramos ni tu ni yo.
La cogí del brazo y subimos juntas, más bien, ella me arrastraba a mi a la altura del tercer piso. Llegamos al rellano de Juanma. Llegué jadeando y dejándome caer, piqué al timbre.
Tardaron un ratito largo en abrir en el que Brunny y yo nos miramos cara a cara, extrañadas. Entonces, pudimos oír la cadenita del pestillo antiguo ese que solo te deja abrir para sacar la cara y hablar y vimos que el pomo daba la vuelta.
En la oscuridad del interior de la casa, se nos dibujaron dos puntos brillantes, que cada vez se acercaban más a la pequeña abertura. Como los movimientos eran muy lentos, descubríamos el rostro de la persona en intervalos muy largos, así que nos dio mucho tiempo a asustarnos y a dar rienda suelta a nuestra gran y enfermiza imaginación. Al fin pudimos verla, y si nuestras cavilaciones sobre monstruos y brujas parecían inverosímiles, aquel ser era aún más inverosímil.
Una mujer con la cara repleta de verrugas y un ojo de cristal, nos miraba desde el otro lado de la puerta con desconfianza. Proferí un grito como los de las divas de las pelis de la Hammer. A Brunny siempre le asustan mis gritos, así que la tía, empezó a correr escaleras abajo. Al principio creí que era por el susto, pero al bajar la vista, descubrí un cuchillo de cocina en la mano de la mujer y volviendo a subir la mirada, mis ojos se encontraron con los suyos, el biológico y el de cristal.